Una vez (hace ya tantos siglos que ni me acuerdo)

me dio por no amar a nadie

-en concreto-

y empecé a amar a los peces y a las aves,

a la palabra viva,

a las hojas que mata el invierno,

a los árboles sin nido,

a los niños sin zapatos,

a los hombres sin esperanza,

a los abuelos con asilo,

a los pobres caballitos del tiovivo

-condenados a dar vueltas y más vueltas

para no llegar a ningún sitio-.

Hasta a las piedras del camino amé.

Y aprendí así a amar tan sinmedida

que no quedó nada para mí que no fuera ya de todos.

El amor sin medida es el que por ser de todos

no se le puede dar a nadie

–en concreto.

Rapme